Caminaba por aquella senda solo bajo el descarnado frío que le estremecía los músculos y le hacía contraer la cara en un gesto de sufrimiento, era un viajero anónimo, un ciudadano de a pie, como tú, como yo, como cualquiera que puede estar leyendo esta entrada ahora mismo. Recorría las calles de Madrid observando simplemente lo que sucedía alrededor. Una ráfaga de viento azotaba los árboles de El Retiro y las hojas caían suavemente, como mecidas por el frío y la corriente de aire. Encendió un cigarrillo y se metió en un bar, a calentarse, seguía su rutina de siempre: un cortado, un croissant y la de un periódico para pasar el rato hasta que el día avanzara y el frío amainara, lo suficiente como para no helarle y contraerle los músculos. Tenía una mirada triste, un rostro pálido que recordaba a la luz mortecina que dejan los últimos rayos de sol de verano para dar paso a aquellas noches cortas que con sus brazos níveos dejan paso al alba y con ello; otro día más e insignificante. No se sabía cuál era su nombre, podía llamarse de mil formas, tener mil identidades y a la vez ninguna. Una vez acabado de leer el periódico, sacó de su maletín un libro, La Noche del Oráculo, de Paul Auster. Era éste sin duda la personificación de lo que quería ser. La Noche del Oráculo contaba la historia de un hombre que tras tener un contacto íntimo con la muerte creyó comprender que no somos más que briznas que flotan en el vacío del azar, y abandonó, sin despedirse, mujer, trabajo, identidad, y se inventó otra vida en otra ciudad y se quedó gratamente sorprendido con el argumento. Los libros no curan el hambre, ni acaban con las injusticias, pero si se aprovechan: saben cómo abrir mentes, y precisamente fue ese libro el que inspiró a nuestro solitario y anónimo personaje para dejar Roma y trasladarse a Madrid. A pasear por las calles más viejas de la ciudad, donde cada avenida guarda un silencio y un grito a la par que una historia que contar, siguió caminando, sí, aquello debía ser el paraíso.
Sara era una muchacha joven que trabajaba en una editorial, rondaba aproximadamente los 26 años y se había licenciado en filología hispánica con todos los honores, acumulando la nada desdeñable cifra de ocho matriculas de honor a lo largo de la carrera. Era otra alma cándida y perdida que dejó su Cádiz natal para intentar labrarse un porvenir en la capital de España, llevaba poco tiempo y todavía no había tenido la oportunidad de conocer a nadie. Por aquella época, era la Feria del Libro y se acercó para ver títulos, libros de bolsillo, manuales de autoayuda, ya que pasaba por una delicada situación personal, pero pensó que no podía caer en la mediocridad de pasar por el trance de tener que recurrir a manuales de autosuperación, porque nada es mejor que ayudarse a uno mismo; porque nada es más excitante que usar tu imaginación en los peores momentos. Encontró un ejemplar de poesías de Rilke y se lo compró por siete euros, iba hojeándolo por la calle, absorta en la lectura, cuando de repente se dio de bruces con nuestro viajero anónimo, que a su vez le echaba un vistazo a una edición encuadernada en piel de Crónica de una Muerte Anunciada, de Gabriel García Márquez. El choque hizo que el maletín que llevaba nuestro viajero se le desparramara y ella, tras las excusas y los perdones pertinentes ayudó a recoger el material caído. Se sorprendió al ver el libro de Auster, ya que una vez hizo una tesis sobre la influencia que Beckett o Montaigne ejercieron en la novela de Auster, ella pensó para sí misma, sonrojada que quizás, en cualquier lugar, aunque sea en una ciudad tan grande; siempre puedes encontrar tu otra mitad, alguien con quien poder compartir risas, charlas, cafés, cenas. Él se sintió igual, a decir verdad, llevaba toda una vida huyendo de sí mismo. ¿Quién sabe si el destino no le estaría destinando una oportunidad de purgar con sus fracasos?
Esta pequeña historia que me he inventado viene que ni pintado para la actualización de hoy. En efecto, damas y caballeros, hoy toca actualización cinematográfica de la mano de la magna obra de Sofia Coppola, hija del afamado director Francis Ford Coppola, quien -supongo- no necesita presentación alguna. Todos recordamos a Sofia haciendo de Mary Corleone en la tercera entrega de la afamada saga El Padrino, papel que tenían pensado en un principio para Winona Ryder, pero que debido a una enfermedad de ésta, el papel se lo agenció ésta, quién fue duramente criticada debido a su papel en la cinta, valiéndole una renuncia a actuar en detrimento de dirigir, lo cual, las cosas como son: lo hace bastante mejor. Saltó a la fama con Las Vírgenes Suicidas, pero el film que catapultó definitivamente a la actriz fue sin duda Lost In Translation, con Bill Murray y Scarlet Johansson como protagonistas. Para aquel entonces, Scarlett iniciaba de forma imperturbable su meteórica ascendencia hacia el éxito, avalada entre otros cortometrajes como el de La Joven de la Perla, en el que interpretaba el papel de Griet en una película basada en una novela Tracy Chavalier sobre un famoso cuadro de Johannes Vermeer. Pero fue con Lost In Translation cuando verdaderamente encandiló a la crítica, y de ahí, hasta lo que es ahora: una de las actrices más reconocidas del momento. Bill Murray, en cambio no tuvo una carrera tan fulgurante y prolija como la de la bella Scarlett, pero siempre lo conoceremos por Los Cazafantasmas, que tampoco es que sea Ciudadano Kane, pero ¡Coño, es mítica! Como el culo que tan gustosamente nos muestra Scarlett, que si apuráis, da para una gayola. Hablando ya en serio, conozco pocas películas que haya visto últimamente que me hayan gustado más que ésta, hacia tiempo que una película no me conmovía, ya que sólo le concedía ese beneficio a los libros o a la música, hacia tiempo que no me sentía así de emocionado, entre comillas, viendo una película, en forma y en fondo, en redondo, en cíclico y en cerrado, en perfecto, en dulce, en tierno, en real, en una sobriedad latente.
Hacía mucho que una película no abría una cavidad en mi corazón y no me dejaba una nostalgia amarga, sino dulce, es como el hecho de ser habitado por una nostalgia a la postre imconprensible, lo que sería, a fin de cuentas; un signo inequívoco de la existencia de un más allá. ¿El argumento?, sencillo pero encantador. Bob Harris es un actor de mediana edad que se encuentra en la ciudad de Tokio para realizar una serie de sesiones de fotografía destinadas a la publicidad. Es un hombre casado, pero se encuentra en la fase en la que el hastío y la indiferencia de se apoderan indefectiblemente de él, tanto que entra en una fase de tristeza y melancolía. En el hotel conoce a Charlotte, una joven y guapa esposa de un fotógrafo que se encuentra también trabajando en varios puntos geográficos de Japón, dejándola a ella sola en Tokio. Charlotte también es otra alma en pena, un espíritu melancólico teñido por la amargura que la soledad suscita. Harris y Charlotte se encuentran, dos seres atípicos en una urbe gigantesca y deshumanizada, dominada por la tecnología y el automatismo de una cultura rígida. Una relación que se va estrechando. Una relación en la que cada cual puede aportarle algo a la otra persona. ¿Es una historia de amor? Evidentemente, pero no es un romance usual, tampoco se narra de forma costumbrista. ¿Define cómo suelen ser las relaciones entre mujeres y hombres? Evidentemente, sí, pero sin camuflarlo en el machismo o en el feminismo. pero sin lugar a dudas, la mejor forma de definir la película es el vínculo entre dos personas que comparten intensamente su vasta y prolija soledad, sirviéndose de complemento el uno para con el otro.
La estructura narrativa de la película tiene como fuerza motriz el silencio. La película se llena de silencios que sirve para pergeñar la historia entre Charlotte y Bob. Quizás este recurso pueda aburrir o tirar un poco para atrás al espectador; ya que complica un poco la historia y caiga en el aburrimiento. Sin embargo, Coppola sabe jugar con este elemento a la perfección sabiéndolo dosificar en el momento adecuado. Por así decirlo, la relación, pese a estar definida por la trama, supone una especie de recreación mental por parte del espectador, quién puede, a su gusto preguntarse o adelantarse a cada situación; como si la relación entre los dos protagonistas fuese un croquis, un jeroglífico o código binario por descifrar. Es sintomático, por ejemplo, que el silencio abra la película, donde nos encontramos el perfecto ojete de Scarlett, si os dais cuenta, sólo esa primera escena, donde el silencio es cortado levemente por el roce de las piernas de Scarlett y la música, que va entrando en el juego. Otro ejemplo lo vendría a ejemplificar el momento en el que Charlotte deja el hotel para sumergirse en esa gran urbe que contempla fascinada sentada en la ventana de su habitación. En su salido sólo se ve asistida por los ruidos de fondo: el jolgorio del metro, que crea desorientación y desasosiego, en sintonía con su estado de ánimo, en connivencia con el impacto que le causa la fastuosa capital japonesa. Tras ese desconcierto, Charlotte se ve otra vez sumergida por el silencio en cuanto llega a un templo budista, donde los mantras de los propios monjes por un momento parecen desvirtuarlo, pero en cambio emitiendo sonidos tenues que reafirman, aunque sea levemente: la temática del silencio en la película. Es de admirar como Coppola, con tan escasos recursos logra cargar cada elemento de sentido y enhebrar dos personajes que, como las cintas de los aeropuertos se mueven lentamente sin hacer prácticamente ruido. Es precisamente la naturalidad con la que Sofía dirige la que hace de esta película algo irrepetible, toda una lección de cómo crear una historia sin alarde de los ya tan previsibles efectos especiales.
La cinta no es que precise de muchos elementos, es precisamente la propia Coppola la que se encarga de eliminar lo fútil y nimio que puedan entorpecer la historia y ésta pueda mantener sus características endémicas. Resulta paradójico, -a la par que gracioso- que una película en la que tan poco se habla, todo se tenga que decir, o quede dicho. Precisamente, otro de los aciertos de la directora es la cosificación de las cosas; es decir, que éstas tengan rasgos humanos. Todos los objetos parecen hablar, desde el más pequeño hasta el más grande. El espectador se lleva una película perfectamente cohesionada, con una historia rebosante de escenas que por sí solas: ya tendrían sentido propio. La elección de Murray y Scarlett es todo un acierto, ya que en cierto modo vendrían a suponer una antítesis: el hombre experimentado, casado ya varios años, un hombre que parece no tener nada que decir frente a una chica guapa, supuestamente ilusionada, empezando su carrera. El hombre que no atrae ninguna mirada frente a la señorita que las atrae todas. La contingencia. Lost In Translation es una película llena de contingencias como bien demuestra la relación entre los dos personajes, ya que siendo tan distintos, no pueden dejar de buscarse, es como un anhelo tácito, la partición de la soledad en seres sin muchas convicciones y con la firme creencia de que por mucho que los años pasen, éstos no sirven para mucho: la gente nunca suele dejar atrás sus costumbres, nada permanece y a la par permanece todo. Y ya, para ir finiquitando la crítica, decir que Coppola vendría a ser como la Paul Auster cinematográfica. De hecho, al ver esta película tengo la firme convicción de que Sofia ha leído varios libros del norteamericano, precisamente por la contingencia antes aludida, la querencia por el azar que novelista y directora muestran en sus obras, las digresiones, la persecución y consecución de lo cotidiano sumergido por errores o acontecimientos prácticamente anodinos. El estilo de ambos es sencillo a la par que complejo, con una arquitectura narrativa llena de una poesía latente en uno, escondida en la obra de otro. ¿El final de la historia? Un postre perfecto, sólo digo eso. Una película melancólica que se ensimisma en su propia soledad, sin contradicciones, idónea para degustar en soledad, y es que de hecho, para disfrutar esta película, uno ha de verlo solo, pasar de la novia, del novio, de la madre, del padre, de tus amigos; para sacarle la esencia de esta película, mírala en invierno, en una tarde de domingo fría, apaga la luz, déjate llevar por la soledad, pues es en ella donde uno saca lo mejor de sí mismo y explora toda las cavidades de su alma y hace un recuento de sus propias sensaciones y emociones. Tokyo no es más que una ciudad deshumanizada, llena de contrastes, nebulosa y fría con dos frentes abiertos. La Tokyo cosmopólita que vislumbramos en el famoso barrio de Shibuya, por citar un ejemplo. La Tokyo arraigada y enraizada en sus propias costumbres, una ciudad descarnada, escrita a modo de personajes y situaciones por Coppola, como setenta años antes hizo García Lorca con Poeta en Nueva York, simplemente genial, de las mejores películas que este mísero sigo XXI se ha mostrado en brindarnos, con una Scarlett monísima, oígan, menos pomposa que ahora y más dulce y juvenil.



13 comentarios:
Hace ya bastante tiempo que vi esta peli y ciertamente me parece que la música y la imagen son fantásticas, pero creo que a la historia en sí le falta algo, vamos, que no ocurre apenas nada en los 105 minutos de película, y que tras verla sólo dije: Ah, vale, ya está; siendo incapaz de sentir siquiera un vuelco en el corazón.
Un saludo.
Excelente entrada. Me gustó mucho tu forma de escribir y de narrar.
Cuando te refieres a los libros... vaya que te doy la razón, ellos nos transportan a mundos mágicos y de ensueño y a veces, de tristes realidades.
Fue hermoso estar hoy por aquí.
Gracias por tu visita también.
Un cálido abrazote!.
La vi en su momento aunque no llegue a verla en el cine. Me impresionó mucho Bill Murray, estaba genial en la peli. Ghostbusters es una de las mejores películas de la historia, al menos de mi infancia.
Saludos
Si te soy sincero, no me gusta Scarlett, ni Murray!Ni la pelicula! Cosas de gusto!Pero el post si!
un abrazo
increible post. suscribo todo lo dicho. la película habla con sus silencios, siendo estos más importantes que los propios diálogos. La confusión de los personajes, uno por la falta de ilusión, el otro por desconocer el camino ha seguir, en un escenario deshumanizado como tokyo. Una imagen significativa: ambos estirados en la cama, ella acurrucada fetalmente, Murray estirado, experiencia contra inseguridad. enorme.
Excelente análisis de una película conmovedora. Recuerdo que la vi con mi marido, pero es lo que tú dices, Alex, se debería ver a solas. Quizás repita, lo dicho: excelente, me encanta cómo escribes. Besos.
Como pretendes que leamos el texto con esa foto a los lados de Scarlett? xd!
Eso pienso yo.
Lost In Translation me parece estupenda, me encanta ese contraste entre la dulzura juvenil de Scarlett y la veteranía y hastío como bien dices de Murray. Gran actriz la hija de Francis Ford.
Saludos.
Una película excelente y de mis preferidas. Ese sentimiento del que hablas, esa melancolía dulce. En esa línea me encanta Cosas que nunca te dije de Coixet, ya se que lo último es... buff, pero si puedes dale un ojo, verás como te encanta. He de decir que el texto junto con esa magnífica versión del Canon en re es la leche. Saludos compañero.
Una peli enorme, me encantó, de esas historias atípicas, urbanas pero posibles, con un halo brutal de melancolía. Además, creo que con ella me empecé a fijar definitivamente en las bondades de la Scarlett. Saludos.
Descubro tu blog y me quedo entre tus letras.
Saludos.
Qué curioso Alex, justo acabo de ver esta peli y encuentro tu entrada. También me resulta curioso que no la haya visto antes. Está super cuidada y ambientada, bonito final, ¿qué iba a ser si no? al fin y al cabo hay que volver al tajo, así es la vida y plasmado queda. No obstante me he sentido identificada en mil cosas con Scarlett en esta peli, y mi final fue del mismo palo. Un beso <3
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